Nunca había oído el verdadero Evangelio

Peggy O’Neill

Yo serví como monja en un orden religioso durante aproximadamente cincuenta años y durante todo ese tiempo, nunca oí el verdadero Evangelio.  Pueden permitirse ciertas cosas, pero cuando se trata del Evangelio no puede haber ningún compromiso, porque el Evangelio es poder de Dios para salvación.  Un evangelio falso no puede tener ese poder y cualquier iglesia que predica un evangelio pervertido está privando a sus miembros del mensaje más esencial y fundamental, el mensaje de salvación.

Los falsos Maestros en la Iglesia Primitiva

En la Biblia leemos de las iglesias en Galacia en donde los maestros falsos se encontraban llevando a las personas a creer en otro evangelio.  Ellos estaban regresando al antiguo sistema de la ley, pues así como creían en Jesucristo, ahora bajo la ley ellos tenían que observar un conjunto de leyes religiosas que hacían del cristianismo un juego de reglas y leyes con las que ahora debían ganarse el cielo.  Gálatas Capítulo Tres nos dice que Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley y que Él es el fin de la ley para la justicia.  Si creemos en Jesús pero le agregamos cualquier otra ley religiosa como un medio de salvación, caemos de la gracia.  No podemos confiar en la ley y en la gracia al mismo tiempo, ya que al intentar combinar los dos sistemas de esa manera, nos ponemos bajo la ley.  Agregar algo a la obra consumada de la cruz, entonces Cristo no nos servirá de nada.  Gálatas 3:21 dice que si la justicia viene por medio de la ley entonces Cristo murió en vano.  Ésta es la gravedad de estar bajo la ley—nos vemos obligados a salvarnos a nosotros mismos y la Biblia dice que ningún hombre puede salvarse por guardar la ley.  Por consiguiente, no es sorprendente que el Apóstol Pablo en su Epístola a los Gálatas haya usado las más fuertes palabras para decir que si alguien, incluso un ángel del cielo llegara a predicar otro evangelio, sea maldito.

Mis Esfuerzos para Vivir por la Ley

Al igual que los Gálatas, yo estaba intentando salvarme por una combinación de la ley y la gracia.  Yo estaba poniendo mi fe en Jesús pero también en mis propias acciones, intentando ganar el cielo y las cosas de Dios haciendo lo mejor que podía en lugar de recibir la salvación como un regalo.  El Evangelio no era en realidad buenas nuevas, pues el peso de mi propia salvación estaba sobre mis espaldas. Como resultado, yo solo podía esperar salvarme a pesar de toda mi asistencia a Misa, los sacramentos, oraciones y otras buenas obras.  A través de ofrecer mi propia justicia como un medio de ser aceptada delante de Dios, yo estaba según Gálatas 5:3, haciéndome un deudor a la ley entera.  Me vi obligada a cumplir con una norma de perfección que solo puede encontrarse en Dios.  Yo nunca había entendido cómo confiar en Jesús y solo en Él como mi Salvador.  Yo no sabía que no era por mis buenas obras, sino simplemente por creer y aceptar el precio perfecto que Jesús pagó cuando Él vertió Su sangre por mí en el Calvario que yo podía ser salva.  Cuando oí el verdadero mensaje del Evangelio, la verdad me hizo libre.  Alabo a Dios que estoy aprendiendo a depender cada vez más del Señor Jesús para mis necesidades, en esta vida y por la eternidad.

Hambre en Irlanda

El catecismo de la Iglesia católica da esta enseñanza, “Los Obispos tienen la misión de predicar el Evangelio a toda criatura para que todos puedan lograr la salvación a través de la fe, el Bautismo y la observancia de los Mandamientos”. Esto nos habla de un evangelio de obras.  Al mezclar la ley con la gracia, la Iglesia Católica ha incursionado en el mismo error de los Gálatas.  Una iglesia que reconoce la mayoría de la verdad de la Palabra de Dios, pero que falsea el Evangelio era el tipo de iglesia en la que yo había nacido en Irlanda.  Se me dijo que ella era la única y verdadera Iglesia y por mas de sesenta años, yo nunca dudé ni cuestioné eso.

Siendo la segunda de diez hijos, yo tenía el ejemplo de padres buenos que eran miembros fieles de su Iglesia.  Si mi familia hubiera tenido que ser juzgada por las enseñanzas y tradiciones de la Iglesia católica, nosotros todos podríamos razonablemente esperar tener un lugar en el cielo.  Pero la Biblia nos dice que nosotros seremos juzgados, no por las enseñanzas de alguna Iglesia, sino por la Palabra de Dios.  “La Palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).  En mis días jóvenes, no había una sola copia de la Biblia en nuestra casa.  Felizmente, en ese aspecto hoy las cosas han cambiado considerablemente.

Aquí en Irlanda, todavía hablamos sobre la Gran Hambruna de 1840 cuando la cosecha de la patata falló y un millón de personas murieron de inanición, mientras que otro millón emigró a América para nunca regresar a casa.  Irlanda en los 1990’s es una tierra de abundancia, pero hay una hambruna diferente, es una hambre descrita en la Biblia de la siguiente manera “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová” (Amos 8:11).  Esos días de hambre han llegado ciertamente a Irlanda, sin embargo nos da ánimo el saber que cada vez más y más las personas se encuentran reuniéndose durante algunos años a estudiar la Biblia y a alimentarse de la Palabra del Señor.

La Muerte de mi Madre en Irlanda

En Inglaterra donde yo pasé la mayoría de mi vida religiosa, yo era una creyente entusiasta del Movimiento Carismático, considerado como un movimiento genuino del Espíritu Santo.  También asistí a algunas reuniones cristianas con miles de Cristianos de muchas naciones.  Cuando recibí el permiso por parte de mis superiores religiosos para venir a casa para cuidar de mi madre en los últimos seis años de su vida, yo tuve la oportunidad de escuchar algunos programas cristianos en la radio donde el Evangelio de salvación era predicado regularmente.  Cuando mi madre murió, a la edad de noventa y cinco años, yo no tenía una comprensión clara del Evangelio, así que yo fui incapaz de ayudarla a tener una seguridad de su salvación.  Sin embargo, recuerdo con alegría sus palabras hacia mí en el día que ella murió, “Deseo que Jesús venga por mí hoy”. Éstas eran palabras preciosas.  También durante esos años en casa, yo tenía contacto con un sobrino mío, Tom Griffin quien tuvo una influencia piadosa sobre mi vida.  Él se había hecho miembro de una iglesia cristiana y fue él quien me presentó a J. P. Walsh quien era el líder de un grupo local en un estudio bíblico semanal.  Todo esto finalmente condujo a que yo pudiera descubrir el amor incondicional de Dios y el mensaje liberador del Evangelio.

La Justicia de Cristo Disponible para mí

La palabra “justicia” fue una palabra importante que abrió para mí la verdad del Evangelio. Encontré la palabra en la descripción de Pablo del Evangelio en Romanos 1:16.  El Evangelio “… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree… porque en el evangelio la justicia de Dios se revela”. La justicia de Dios –esto es lo que se necesita para llegar al cielo. Lo que Dios demanda es perfección:  nada menos que Su propia justicia.  Esto fue algo nuevo para mí, pues de todo lo que yo estaba consciente era de mi propia rectitud y de cómo eso podía salvar mi alma.  Yo podía compararme a esos judíos en Romanos 10:3, “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la voluntad de Dios”. Yo era ignorante de la justicia de Dios.  Lo que se requiere para la salvación es una justicia que iguale a la justicia de Dios y estaba consciente que nadie podía alcanzar esa norma.  Esto es entonces lo que verdaderamente es el Evangelio: lo que Dios exige, Él lo proporciona.  Las Buenas Nuevas son que si nosotros creemos en Jesucristo cuya muerte en la cruz, sepultura y resurrección ha pagado el precio de nuestros pecados, somos salvos.  La Biblia lo pone de esta manera, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Corintios 5:21).  ¡A cambio de mis pecados, Dios me da la justicia de Jesús, la justicia de Dios por mis pecados!  Éstas son las Buenas Nuevas del Evangelio.

La salvación por la Gracia

La Palabra de Dios nos dice que la salvación es por gracia solamente. Muy pronto me di cuenta por qué la salvación es un regalo de Dios y no puede ser por obras.  Isaías 64:6 dice, “Todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia”  cuando se comparan con la justicia infinita de Dios.  Todos mis más buenos esfuerzos, mi fidelidad, mis buenas obras no son más que trapos de inmundicia cuando se trata de ganar el cielo.  Nunca podría ganar el cielo y fue por esa razón que Jesús lo hizo para mí.  Lo único que debo hacer es venir a Dios con mis manos vacías y no con mi “alarde” de guardar la ley, mis penitencias y mi santidad.  Mi dependencia debe estar totalmente en Jesús y lo que Él ha hecho por mí.  Pablo, quien fuera un judío religioso que se había adherido estrictamente a la ley, tuvo que decir que lo único que deseaba era conocer a Cristo y a este crucificado.  Nosotros también debemos llegar a esa conclusión de dependencia, no en nosotros, no en María o en alguna Iglesia –toda nuestra dependencia debe estar en Cristo.  Debemos verlo a Él y solo a Él.  Aunque nuestra vida por más buena que sea, nunca puede ganar el cielo, hay un propósito en vivir una vida recta en nuestras relaciones diarias con nuestras familias y otros.  Esto también, es proporcionado por la gracia de Dios en la guianza de Su Palabra y el poder de Su Espíritu dado a nosotros en el momento que nosotros creemos.  La salvación descansa sobre la base de nuestra fe en Jesucristo, y no en base a nuestra conducta.  Esa misma fe nos mantiene confiando en Jesucristo cuando caminamos diariamente por Su Espíritu.

Yo nunca había oído la historia completa de Redención y de como Jesús había tratado de una manera completa con el pecado para salvarnos del infierno,  Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Revelación 20:10).  Jesús no trató parcialmente con el pecado.  Él hizo una obra tan completa que todo el pecado fue quitado y cubierto por Su sangre preciosa.  El pecado, ya sea pasado, presente y futuro, incluso esos pecados no cometidos todavía fueron perdonados hace dos mil años cuando Jesús murió en esa cruz del Calvario.  Dios no guarda un registro de los pecados del creyente.  Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”. (Isaías 43:25).  La deuda del pecado ha sido completamente pagada, aunque no todos serán salvos.  Hay algo que enviará a las personas al infierno y es la incredulidad.  El propio Jesús habló sobre esto en Juan 16:9, “De pecado, por cuanto no creen en mí”, y que nos habla de un rechazo hacia Jesús y a la salvación que Él ganó para nosotros.  La salvación no es automática, es por eso que el pecador debe creer en Cristo para poder ser salvo. El ser humano nace ya condenado y separado de Dios como hijo de Adán.  Pero para aquellos que creen en Cristo la Biblia dice, “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

La Justicia de Dios se Satisfizo

“El jurado todavía está fuera” es lo que un sacerdote dijo recientemente en este contexto.  Según Romanos capítulo Tres, el jurado ya ha pronunciado el veredicto, “Culpable”.  “No hay justo ni aun uno”. El religioso y los no religiosos todos son igual de culpables delante de Dios.  En Su justicia, Dios tenía que imponer una multa por el pecado, y debido a que el hombre nunca ha podido pagar esa multa, Dios en Su amor encontró una manera de hacer lo que nosotros no podíamos y jamás podremos hacer.  Él dio a Su Hijo Jesús quien tomó toda nuestra culpa  y fue sentenciado a muerte en nuestro lugar.  Él murió en la cruz en donde también fue desamparado por Su Padre. Fue sepultado y resucitó al tercer día y se sentó a la diestra del Padre desde donde intercede por nosotros.  La corte eterna de justicia celestial fue satisfisfecha y la deuda del creyente fue pagada totalmente.  En el tercer día, Jesús se levantó de los muertos por el Espíritu Santo. Jesús quien fue el primogénito de entre los muertos, el primero nacido de muchos hermanos.  El hombre debe aceptar el sacrificio de Jesús para poder ser salvo y cuando él lo hace, Dios lo acepta en base a la justicia de Su Hijo.

La relación con Dios es Restaurada en Jesucristo

Mientras el tiempo continuaba, vi que en las Escrituras nuestra relación con Dios se encuentra fundada tanto en la gracia de Dios como en la fe.  Su plan para nuestra salvación es que debemos creer en Cristo Jesús por la gracia a través de la fe.  “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).  La fe no es un regalo que nosotros recibimos de nuestros padres o de la iglesia porque “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Rom. 10:17).  En el plan de Dios para la salvación, la fe misma por la que nosotros confiamos sólo en Cristo y Su obra completa, es en sí mismo una obra de Dios.  Éste fue el mensaje que Jesús les dio a las personas en Juan 6:28-29 cuando le preguntaron que es lo que ellos debían hacer para poner en práctica las obras de Dios.  Jesús les dijo, “Ésta es la obra de Dios que creáis en quien Él [Dios] ha enviado.”  Yo decía que siempre había creído en Jesús, sin embargo, todavía me doy cuenta que yo no había conocido al Jesús real, al Jesús revelado en las Escrituras.  Tampoco había conocido cual era el regalo de justicia que Él ofrece ni del perdón de pecados ganado por Su muerte y resurrección.  Tito 1:16 dice, “Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan…” Yo estaba llevando a cabo prácticas religiosas que mostraban que no lo conocía realmente.  Yo creía que era esencial para mi salvación asistir a Misa, debido a que no había aceptado Su sacrificio propiciatorio en la Cruz. Busqué el perdón para mis pecados en el Sacramento de la reconciliación, no sabiendo que Jesús ya me había reconciliado con Dios.  Así como dependía de Jesús, también dependía de María, de los santos, de mis penitencias y buenas obras, mis horas de adoración delante del Bendito Sacramento, los rosarios, los escapularios, las indulgencias, el purgatorio.  Pablo usa una palabra para describir el valor de algo que nosotros intentamos hacer para agregar a la obra de Jesús, es la palabra “estiércol” (Filipenses 3:8).  Todas nuestras buenas obras son desagradables a Dios si ellas son ofrecidas como un medio para ganar el cielo por nosotros mismos o ganarlo para otros, implicando que lo que Jesús hizo en el Calvario no es suficiente.

El arrepentimiento de obras Muertas

Según Hebreos 6:1, uno de los fundamentos de la vida cristiana es el arrepentimiento de las obras muertas.  Las obras muertas son esas prácticas religiosas y las buenas obras  realizadas ya sea por uno mismo o a través del ministerio de la iglesia para obtener la salvación.  Todas estas obras, no importa cuan virtuosas sean, son solo “trapos de inmundicia” a los que se hace referencia en Isaías 64:6.  Ellas son lo que se llama “la religión” y la religión es la falsificación del hombre en lugar de Jesucristo.  No existe ninguna promesa en la Biblia que diga que las personas religiosas irán al cielo.  Al contrario, Jesús llamó al arrepentimiento a las personas más religiosas sobre la tierra en Su tiempo, los Fariseos.  La Biblia nos dice que para ser declarados justos delante de Dios, lo primero que nosotros debemos hacer es renunciar a nuestros intentos de ganarnos la salvación. Esto era muy extraño para mí, quién como buena Católica se me había enseñado a poner un énfasis especial en mi propio desempeño, así como en el ministerio de los sacerdotes.  Una vez oída la Palabra de Dios debe tomar el primer lugar, y la Palabra de Dios en Romanos 4:5 me dejó sin ninguna duda, “Mas al que obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.”

Yo nunca había creído realmente, debido a que nunca había aceptado la salvación como un regalo.  Por la misericordia de Dios, quedé convencida del pecado de no confiar totalmente en Jesús y Su obra consumada.  Me arrepentí de las obras muertas y de confiar en mi propia justicia y acepté la obra consumada de Jesús en la cruz.  Ahora si había oído realmente la Palabra de salvación y con la Palabra vino el regalo de Dios de la fe sobrenatural. Así como en 2 corintios 4, creí por consiguiente hablé y dediqué mi vida a Jesucristo confiando en Él como mi Salvador.  En ese momento, Dios me impartió Su justicia.  En mi nuevo espíritu renacido, Dios me veía como si nunca hubiera pecado, no porque nunca hubiera pecado, sino debido a la justicia de Cristo con la cual ahora yo me encontraba vestida.  Lo que me había sucedido se describe claramente en 2 corintios 5:17.  Yo experimenté la salvación.  Nací de nuevo de la misma manera en la que Jesús le dijo a Nicodemo, “debes nacer de nuevo.”  Me bauticé con el único bautismo que trae la salvación y que me identifica con Jesucristo.  Por primera vez  supe que mi nombre estaba escrito en el Libro de la vida del Cordero.

El bautismo en Jesucristo

Lo que me había sucedido es lo que la Biblia llama como el bautismo en Jesucristo.  Romanos 6:3,

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”.  Gálatas 3:27 porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”.  No hubo ninguna ceremonia externa, ningún sacerdote, ningún padrino.  Fue una cuestión entre Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y yo.  Yo había recibido el único bautismo que es necesario para la salvación.

Un corto tiempo después me bauticé por inmersión en el Océano Atlántico en un lugar llamado Banna Strand en Kerry mi Condado nativo.  Este bautismo en agua por inmersión es una expresión del cambio interno que ya había tenido lugar en mi espíritu.  Era una confesión pública de mi fe en Jesucristo como el Salvador y una demostración de Su muerte, sepultura y resurrección.  El bautismo en agua no hace Cristiano a ninguna persona, sino más bien, muestra que esa persona ya es un Cristiano.  La Iglesia católica ha perdido esta verdad del bautismo en Jesucristo, el bautismo que nos traslada del reino de Satanás al reino de Dios.  Es por esta razón que puede decirse que la mayoría de los Católicos son cristianos sólo de nombre.

El Bautismo Católico de Infantes

Pablo hace referencia al bautismo en Cristo, y en Colosenses 2:11 nos habla de la circuncisión del corazón, una circuncisión que no fue hecha con las manos.  Tenía apenas un día de nacida cuando fui llevada a la Iglesia católica local para ser bautizada.  Las manos del sacerdote me bendijeron con la señal de la cruz, me ungieron con aceite y pusieron sal en mis labios.  Me impusieron las manos y esas manos fueron usadas también para verter el agua sobre mi cabeza.  Mi bautismo, exteriormente una ceremonia muy bonita y simbólica, era en realidad nada más que un ritual vacío.  El bautismo en agua es una ordenanza bíblica que los Cristianos deben obedecer después de creer en Jesús.  En los Hechos de los Apóstoles 10:44-47, hay un ejemplo del bautismo cristiano para los creyentes del Nuevo Testamento.  En el verso 47, el bautismo en agua se da sólo después de ser salvos Cornelio y toda su casa y que fueran llenos del Espíritu Santo.  En Irlanda hubo un incidente reciente en donde un bebé murió tan solo unos días antes de ser bautizado.  Que el bebé hubo muerto sin haber sido bautizado agregó dolor a los padres.  La Iglesia católica en su liturgia podía invitarlos sólo a confiar en la misericordia de Dios y orar por la salvación de su hijo.  Sin embargo, según la Palabra de Dios, ese niño se fue directo al cielo.  Es verdad que todos nacemos con el pecado original (en Adán), pero Romanos 5:13 nos dice que “donde no hay ley, no se inculpa de pecado”.  La ley no aplica hasta que el niño tiene uso de razón o llega a la edad de discernimiento.  Pablo escribió,  “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí”. (Romanos 7:9).  Las doctrinas falsas que se relacionan con el bautismo como un medio de salvación, son una traición de la confianza de millones de Católicos sinceros que han sido engañados acerca de su verdadera posición  delante de Dios en un área dónde su calidad de vida aquí en la tierra y por toda la eternidad se encuentra en juego.  Hasta hace aproximadamente ocho años, yo me habría opuesto fuertemente hacia todo lo que se dijera en contra de la Iglesia católica, y aun cuando me preparaba para escribir este testimonio, mi intención era evitar cualquier crítica adversa.  Pero las cosas no han funcionado de esa manera y cualquier crítica de mi parte, es sólo hacia el sistema en el que yo nací.

Entendiendo la Biblia

Algunas personas dicen que la Biblia es difícil de entender y esto es verdad si uno falla en comprender ciertas verdades fundamentales.  Una de esas verdades, es el concepto que el hombre es un espíritu que posee un alma (la mente, la voluntad y las emociones) y que vive en un cuerpo.  En 1 Tesalonicenses 5:23 vemos cómo Dios divide al hombre, “espíritu, alma y cuerpo” y Hebreos 4:12 nos habla sobre la Palabra de Dios que incluso “penetra hasta partir el alma y espíritu”.  La doctrina católica atribuye al alma lo que la Biblia atribuye al espíritu y que no hace ninguna distinción entre los dos.  Sin un conocimiento de esta distinción, había mucho en la Biblia que yo no podía entender.  No podía entender las verdades de la Escritura como la justicia del creyente o la verdad de que “como Él es, también somos nosotros en este mundo.”  Para vivir la vida cristiana es importante conocer cómo funcionan nuestro espíritu, alma y cuerpo y cómo ellos se relacionan entre sí para que por medio del poder del Espíritu Santo, el espíritu recreado pueda dominar al cuerpo y al alma que nunca estarán libres de la presencia del pecado hasta que el creyente experimente la muerte física.

Hace algún tiempo,  se contó una historia en nuestra iglesia de un hombre pobre quien tenía un terreno.  Él apenas tenía lo suficiente para mantenerse vivo, pero de haberlo sabido, él podría haber sido un hombre muy rico pues en su terreno bajo la superficie había una fuente de petróleo.  La historia de este hombre es igual a la de muchos de nosotros los cristianos de hoy.  Dentro de nosotros hay una “fuente de aceite espiritual” y no somos conscientes de los recursos ilimitados de Dios que hay dentro de nosotros.  Es posible que los primeros Cristianos supieran de esto y que por eso vivieron  por el poder del Espíritu Santo que estaba disponible en sus espíritus renacidos.  Con el verdadero mensaje del Evangelio, ellos trastornaron al mundo conocido de ese tiempo tan solo en los primeros veinte o treinta años de Cristianismo.  En nuestros espíritus renacidos, Dios ha proporcionado todo lo que nosotros necesitamos y Su vida se puede manifestar a través de nuestras vidas en el grado que nosotros renovemos nuestras mentes con Su Palabra y usemos la gracia que Él nos ha puesto disponible momento a momento.  La Biblia nos dice  1 Corintios 1:30 que Jesús “… nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”.

Mi Orden Religiosa

A los diecisiete años dejé mi hogar para entrar en el Orden Religioso del Sagrado Corazón de María.  Ésta es una Orden Internacional fundada por el Padre Jean Pierre Gailhac de Beziers en el Sur de Francia.  Pasé los primeros siete años de mi vida religiosa en Francia y entonces después de capacitarme como una maestra en Inglaterra, dediqué treinta y cinco años a enseñar en las escuelas de la parroquia gobernadas por las Autoridades de Educación Local.  Lado a lado con la vida como una maestra, estaba mi vida religiosa considerada por mí como la profesión más alta.  Durante todos mis años en el convento, yo nunca tuve cual ninguna razón para pensar de otra manera.  Después de un período de seis años en casa cuidando a mi madre, me había regresado al convento a trabajar y a compartir con las monjas que yo respetaba, amaba y que conocía tan bien.  Una hermana mía más joven, Carmel, es miembro de la orden y se encuentra al presente enseñando a los niños africanos en Zambia.  Sin embargo, no fue posible para mí regresar al convento debido a que ya no estaba de acuerdo con las enseñanzas y prácticas de la Iglesia católica.  Muy pronto, yo ya no veía la vida religiosa como la profesión más alta.  Richard Bennett, quien fuera un sacerdote dominico escribe en un artículo titulado “¿Es el estilo de vida Religioso Diseñado por Dios?”, dice que la Biblia ha ordenado sólo tres instituciones diferentes: la familia, la iglesia y el estado. La vida religiosa no puede ser reconciliada con la Palabra de Dios.

Liberada de la Ley

Habiendo estado bajo la ley por tanto tiempo de mi vida, la Epístola a los Gálatas es de particular interés para mí.  Además de estar sujeta a los Diez Mandamientos y otras leyes de la iglesia, la vida religiosa tiene sus propias reglas, constituciones y votos.  La Biblia, sin embargo, habla de sólo una ley para los creyentes del Nuevo Testamento, no la ley de las obras, sino la ley de Jesucristo, una ley escrita en nuestros corazones.  Jesús mismo es la realidad de la Ley Mosaica que, al igual que todo lo demás en el Viejo Pacto era sólo un tipo y sombra de las cosas venideras. “Los Mandamientos y Ordenanzas fueron clavadas en la Cruz”, y la parte que permanece es el espíritu e intento de la ley –que nosotros amamos a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.  Esta ley es la misma naturaleza del propio Jesús que vive hoy a través de los creyentes.  Él no está mirando nuestras observancias exteriores. Él quiere encontrar personas que se rindan tan completamente a Él que Él pueda vivir Su naturaleza en ellos de adentro hacia afuera. Tenemos una descripción de la naturaleza y carácter de Jesús en Gálatas 5:22-23,  “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. En la tierra, Jesús fue una manifestación viva del fruto del Espíritu.  Ésta no es una lista de cualidades agradables que mejoran nuestras personalidades, sino el carácter mismo de Jesucristo.  En nuestra vida se manifiesta cuando por la gracia a través de la fe, nosotros permitimos que Su Espíritu esté en control en lugar de nuestra naturaleza pecaminosa.  Romanos 8:29 nos dice que Dios ha predestinado a los creyentes para que sean conformados a la imagen de Su Hijo.  En nuestra vida puede haber alegría en lugar de desaliento, paz en lugar de confusión y rencilla, palabras sanas y de amor en lugar de palabras duras e impacientes.

En lugar de sujetarnos a la ley de Moisés, nosotros permitimos que Cristo viva Su vida en nosotros a través de Su Espíritu que nos fortalece en nuestra debilidad.  Ésta es la ley a la que Jesús se refirió en Mateo 5, “que cualquiera que la hiciere y así enseñare será grande en el reino de los cielos” la vida Religiosa con sus reglas y votos no son la voluntad de Dios tal como se define en las Escrituras.  Los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia no se encuentran en las Escrituras.  Jesús nos dirige a Mateo 5:34-37,”…No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por  la tierra, porque es el estrado de sus pies… Ni por tu cabeza jurarás… Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede”. Lo que se habla en el Nuevo Testamento es del sacerdocio de todos los creyentes.  Pedro escribe que cada verdadero creyente es un miembro de un “real sacerdocio” (1 Pedro 2:9).  Jesús es nuestro Sumo Sacerdote y los creyentes en Cristo somos sacerdotes con un llamado y propósito divino para ofrecer sacrificios espirituales, el sacrificio de un corazón rendido, ofreciendo la alabanza a Dios en todas las cosas y llamados a un ministerio de intercesión a favor de los demás.

Un solo Mediador: Jesucristo

La Epístola a los Hebreos fue escrita para mover a las personas de las formas de servir a Dios practicadas bajo el Antiguo Pacto a las realidades del Nuevo Pacto que Jesucristo puso en efecto.  Es triste decir que la transición no ha sido todavía realizada después de dos mil años.  La Iglesia católica todavía tiene la ley y el sacerdocio.  En su liturgia se encuentra el sacrificio y el altar, las vestiduras sacerdotales, el incienso y las velas, todos esas cosas las cuales eran esenciales para la religión judía y el culto.  Éstos eran tipos y sombras en el Antiguo Testamento de las realidades venideras. La Iglesia católica ha Cristianizado el Judaísmo y no ha entrado en el Nuevo Pacto establecido por la obra consumada de Jesús en la Cruz.  Durante años en la Misa, oí las palabras: “Esta es la sangre del Nuevo y Eterno Pacto”. Sabía muy poco o nada sobre ese Pacto. Me encontraba obrando bajo una  mentalidad del Antiguo Pacto.  La Iglesia católica ordena a sacerdotes para perpetrar el Sacrificio de la Cruz, afirmando que la ira de Dios todavía necesita ser apaciguada debido al pecado.  Cito de un catecismo católico lo siguiente: “Cada sacrificio de la Misa apacigua la ira de Dios contra el pecado”. Contrario a esto, Dios dice en Su Palabra, “Así que yo he jurado que no seré ira en contra de vosotros ni los reprenderé”. Y en Hebreos 8:12, “Porque seré propicio a sus injusticias, Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”.

Un sacerdocio y sacrificio de expiación para pagar por una ley quebrantada eran indispensables bajo la Ley Mosaica, pero en los tiempos del Nuevo Testamento no hay ninguna ley, ningún sacerdocio (aparte del sacerdocio de los creyentes) y ningún sacrificio (Jesucristo pagó la deuda del pecado por completo).  Nosotros ya no necesitamos que sacerdotes estén de pie ante Dios como los mediadores, ni tampoco tiene algún creyente mayor acceso directo a Dios que otro. Todos somos invitados a venir con confianza al trono de la gracia, a venir a nuestro Padre, descansando en la justicia de Su Hijo la cual es imputada a todos los que creen en Él.  Nosotros podemos adorarle directamente, hallar misericordia y ayuda en cada necesidad.  Como los tantos hombres y mujeres en las órdenes religiosas, los sacerdotes son hombres cuyo deseo es amar y servir a Dios, pero el sacerdocio católico romano deshonra a Jesucristo y Su sacrificio en el Calvario hecho una sola vez y para siempre.  Su papel como mediadores usurpa el ministerio actual en el cielo de Jesucristo, nuestro único Mediador, Abogado y Sumo Sacerdote.

La Mariolatría

Lo mismo puede decirse del lugar que le han dado a María, la madre de Jesús.  A ella se le confieren títulos que pertenecen solo a Dios, incluso al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.  A ella se le llama Madre de Misericordia, la Todo Santa, Madre de los vivientes, el Trono de la Sabiduría, la Puerta del Cielo, la Abogada, la Mediadora, la Co-redentora, y así sigue la letanía sin fin.  El Papa Benedicto XIII escribió, “La Sangre derramada por nosotros y por  los miembros que Él ofreció al Padre, las heridas que Él recibió como el precio de nuestra libertad no son sino la carne y la sangre de María.  Así, ella junto con Cristo redimió a la humanidad”. Sin embargo, la ciencia Médica confirma que los niños obtienen su sangre del padre.  Por lo tanto, la sangre de Jesús era la sangre de Dios (Hechos 20:28) la sangre preciosa del Pacto Eterno.  Nosotros somos redimidos con “la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).  El Papa Paulo VI en “El Credo del pueblo de Dios” le dio a María su más nuevo título: la Madre de la Iglesia.   En Juan 19:27, las palabras de Jesús en la cruz, “He ahí tu madre”, se interpretan como una declaración de que María es la madre de la iglesia entera.  Es muy significativo que en las tres epístolas de Juan no haya ni siquiera una mención de María, ni tampoco existe una referencia a ella en ninguna de las otras epístolas del Nuevo Testamento que fueron escritas a las iglesias como una guía en materia de doctrina, culto y disciplina de la iglesia.  Si Juan hubiera interpretado las palabras de Jesús en la cruz como la Iglesia católica lo ha hecho, él ciertamente habría exhortado a las personas a que miraran a  María como su madre y en quien ellos podrían confiar sus necesidades y peticiones.

No hay ninguna evidencia bíblica de que alguien le haya orado a María o dándole a ella el tipo de veneración conocida como hiperdulía recomendada por la Iglesia católica.  El Papa Juan Pablo II, hablando del sufrimiento de María dijo que, “Fue en el Calvario que el sufrimiento de María junto al sufrimiento de Jesús alcanzó una intensidad que apenas puede imaginarse desde un punto de vista humano, pero que fue misteriosa y sobrenaturalmente fructífero para la redención del mundo”. No es sorprendente que una iglesia que enfatiza la necesidad de buenas obras para la salvación encontrara en María un ejemplo supremo de mérito humano.  No obstante su posición exaltada en el Catolicismo, María fue solo un ser humano y como cualquier otro creyente, ella realizó obras de justicia durante su vida.  Sin embargo, las palabras de Isaías 64:6 se aplican a ella también, al igual que a toda la humanidad, “Todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia”. El sufrimiento de María  por consiguiente, no podía hacer cual ninguna contribución a la redención del mundo.  Sin ningún apoyo de la Palabra de Dios, la Iglesia católica en las numerosas encíclicas papales le ha atribuido a María toda clase de honores, exaltando sin restricciones su poder y excelencia y poniendo el fundamento en el cual se ha construido el gran edificio de la Mariolatría –el culto idólatra a María.  Damos gracias a Dios por María, una mujer maravillosa de fe y obediencia a Dios.  Elizabeth en su saludo dijo, “Bienaventurada es ella que creyó.”

Durante siglos, Satanás ha estado usando a una María falsa para engañar a millones de devotos Católicos.  El engaño fue lo que él usó en el Jardín de Edén cuando tentó a Eva y es la misma táctica  que se encuentra usando en la actualidad.  La Biblia nos dice en 2 corintios 11:14, que Satanás viene como un ángel de luz.  Ejemplos de esto son las apariciones en lugares como Lourdes y Fátima.   Las personas son animadas a orar el rosario, hacer penitencia, hacer sacrificios al inmaculado corazón de María.  Sólo la fe en Jesucristo puede salvarnos, no hay nada que podemos hacer aparte de Él que tenga un valor eterno. Esos mensajes son mentiras de Satanás que tuercen la verdad del Evangelio.  El único medio seguro para dejar al descubierto estos engaños es la Palabra de Dios.  El propio Jesús trató con las tentaciones de Satanás en el desierto usando las palabras de las Escrituras (Mateo 4:4, 7, 10).

Las Buenas Noticias

En una de las últimas asambleas de la provincia del orden al que yo asistí mientras todavía era una religiosa,  recuerdo una Escritura que se leyó:  “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (Jeremías 1:10).  Jeremías vivió para ver esta profecía hacerse realidad.  Las personas alrededor del mundo cuando oyen el Evangelio y van a la Palabra de Dios para buscar la verdad, son capaces por la gracia de Dios, de abandonar las tradiciones religiosas y las creencias antibiblicas por mucho tiempo tenidas como sagradas por ellos, por sus padres y por sus antepasados.  El vino Nuevo tiene que ser puesto en odres nuevos.  Las personas están abandonando las iglesias denominacionales, cada una con sus propias leyes religiosas particulares que sólo sirven para dividir el Cuerpo de Cristo, y saliendo hacia una nueva tierra para vivir la vida cristiana como se muestra en los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas.

En la epístola a los Romanos leemos de pecadores Gentiles que no estaban buscando a Dios, pero que fueron reconciliados por la fe, mientras los judíos religiosos que eran muy celosos, haciendo todo lo que podían, no fueron reconciliados con Dios.  Los judíos religiosos eran santos y celosos, pero se encontraban equivocados tal como Pablo lo dice en Romanos 10.2, “Tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia”. Algunas personas encuentran difícil aceptar la salvación como un regalo.  “Eso lo hace demasiado fácil”, fue un comentario que yo oí.  Y otro dijo, “Debe haber un truco en alguna parte”. Obviamente para algunos, las Buenas Nuevas son demasiado buenas para ser verdad.  Que la salvación sea un regalo y que sea inmerecida  es la gran ofensa del Evangelio.  Eso es lo que les molestaba a los judíos en los tiempos de Jesús y es también lo que le molesta a la religión en la actualidad.  Los judíos religiosos crucificaron a Cristo y persiguieron a la Iglesia primitiva y todavía son las personas religiosas de hoy las que están en contra del Evangelio.  Las personas buenas que quieren mantener su propia bondad a veces son difíciles de alcanzar con el verdadero Evangelio.  Para ellos, las Buenas Nuevas se convierten en malas noticias.  Si Dios fuera a preguntarnos lo que hemos hecho para permitirnos entrar en el cielo, un verdadero Cristiano diría que no es nada de lo que él ha hecho, sino que él ha puesto toda su confianza en Jesús.  Un axioma para recordar es el siguiente: “La religión se construye en lo que el hombre hace para Dios.  El Cristianismo se construye en lo que Dios ha hecho por el hombre.”

La Gran Comisión

Antes de ascender al cielo, Jesús dio la Gran Comisión a Sus discípulos, “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”. Dios nos ha dado un ministerio de reconciliación y  necesitamos asegurarnos que tenemos el verdadero mensaje descrito en 2Corintios 5:17-21.  Nosotros no tenemos que estar comprometidos en reconciliar a las personas con Dios por el Sacramento de la Reconciliación (la Confesión) o por cualquier otra acción del hombre.  La reconciliación es algo que tuvo lugar en la Cruz del Calvario.  En 2Corintios 5:20 leemos que somos embajadores para Cristo, Sus representantes personales, rogándoles a las personas a reconciliarse con Dios.  Dios se encuentra extendiendo su mano de amistad hacia nosotros.  ¿Tomarás esa Mano? ¿Creerás en lo que Dios dice que Su Hijo hizo por ti en el Calvario?  ¿Te arrepentirás de tus obras muertas y aceptarás el regalo de Dios de justicia para ser salvo?

Para llevar a cabo este ministerio, Jesús les dijo a Sus primeros embajadores que esperaran hasta que “fueran investidos de poder de lo alto”. Aquí Jesús se estaba refiriendo al bautismo del Espíritu Santo, siendo Él mismo el Bautizante. Sus discípulos necesitaban el poder del Espíritu Santo que los capacitaría para predicar el Evangelio.  Al igual que ellos, todos nosotros necesitamos la unción especial del Espíritu Santo para poder llevar a cabo nuestro ministerio, “No con ejército ni con fuerza, sino con mi Espíritu ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).  El Espíritu Santo está ahora aquí en la tierra convenciendo al mundo de pecado.  El pecado con que Él se encuentra tratando es con el pecado de incredulidad, el rechazo por parte del ser humano a creer en Jesucristo y Su obra de salvación.  Nuestro ministerio es hablar las Buenas Nuevas a todos los que podamos.  El precio de redención para los pecadores ha sido pagado.  El perdón está disponible a todo aquel que cree.  La Paz  es posible aun en esta vida.  Es la responsabilidad de cada creyente como un embajador de Jesucristo hacer conocido al mundo las Buenas Nuevas del verdadero Evangelio.

El Poder del Verdadero Evangelio

Desde que vine a conocer a Jesús, mi deseo ha sido compartir con otros sobre la salvación que tenemos en Jesús.  “Ninguno hay bueno sino uno: Dios” (Mateo 19:17).  Una vez que nosotros entendamos esta verdad, nos damos cuenta que no podemos depender de nosotros mismos o de alguna otra persona viva o muerta.  Necesitamos a Jesús y la fe en Él es lo que Dios pide de nosotros.  Mi Escritura favorita sobre la salvación es la que el propio Jesús le dijo a Nicodemo, “A menos que un hombre nazca de nuevo, no puede entrar en el Reino de los Cielos”. Nacer de nuevo y creer en Jesús son por consiguiente lo mismo.  Yo había oído a menudo la historia de Nicodemo pero me tomó mas  de sesenta años el poder entender el mensaje.  Yo había seguido las tradiciones y las doctrinas de hombres y nunca me había preguntado que era lo que Jesús quiso decir por el término ‘nacer de nuevo’.  Jesús le mencionó a Nicodemo la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, un símbolo  de Cristo mismo quién sería levantado en una Cruz.  Cree en Jesús y nacerás de nuevo, serás salvo.

Los primeros Cristianos predicaron con gran poder tal como se nos dice en los Hechos de los Apóstoles y Pablo dijo que su mensaje no había consistido de palabras sabias y persuasivas, sino con la demostración del poder del Espíritu para que la fe de las personas no estuvieran en los hombres sino en el poder de Dios.  El Evangelio no sólo es sobre lo que Jesús hizo hace dos mil años, sino también  sobre lo que Él está haciendo hoy.  Es poder de Dios a los que creen.

Un Mensaje para el Lector

En este testimonio, he aprovechado la oportunidad de compartir algunas de las verdades de la Palabra de Dios que me fueron desconocidas durante años. Deseo concluir volviendo al mensaje maravilloso del verdadero Evangelio.  Es un mensaje simple, pero que todavía está oculto de millones de personas en la actualidad.  El Evangelio es la historia del poder de la sangre preciosa de Jesús, vertida en la cruz del Calvario por los pecadores, “La Historia del Gran Intercambio”, ¡la justicia de Dios a cambio de nuestros pecados!  “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 corintios 5:21).

Querido lector, en el momento que te reconoces culpable por tu pecado y te das cuenta que no hay ninguna otra manera de salvarte, esa salvación sólo es posible por creer en la obra consumada de Jesucristo –su muerte, sepultura y resurrección–es el momento de tu salvación.  Tu puedes saber con toda seguridad que el cielo es tuyo para toda la eternidad.  Es la gracia de Dios la que se encuentra disponible para nosotros como un regalo que se recibe por la fe, “Siendo aun pecadores Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).  Dios es fiel a todos los que le buscan, “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tu, oh Dios” (Salmo 51:17) “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo” (Hechos 2:21).